cultura mexicana desde Polonia

DÍA DE TODOS LOS SANTOS DIFUNTOS EN MÉXICO

EL DÍA DE MUERTOS EN MÉXICO

¡La fiesta mexicana con más vida!

 

Desde los tiempos de las culturas prehispánicas y en todos los rincones de nuestro país, el primero y dos de Noviembre los mexicanos celebramos la gran fiesta que nos abre la puerta a nuestro propio pasado manteniendo vivo el presente y nos deja ver hacia el futuro a través de cada una de las acciones que dan vida a esta tradición.

El día de muertos o de “Todos Santos” es en esencia una invitación a los familiares y conocidos que ya han muerto. Una invitación a que regresen a sus hogares para que disfruten con nosotros los vivos, de los alimentos y los gustos que ellos preferían mientras se encontraban en este plano.

 

A partir de la creación del artista José Guadalupe Posada, en México se ha enaltecido la figura de la “calaca” o “calavera”, que en realidad es la imagen del esqueleto humano hasta cierto punto caricaturizado. Posteriormente el gran Diego Rivera pintó en su célebre mural “Un domingo por la tarde en la alameda”, la imagen de la “Calaca Catrina”. A partir de estos hechos esta figura ha venido tomando consistencia y fuerza al grado de que hoy en día no puede haber celebración mexicana de día de muertos sin que los jóvenes se pinten el rostro de calavera. Se hacen desfiles multitudinarios con música y elementos visuales alrededor de ella, lo que pone de manifiesto el poderoso contenido sustancial que da origen a esta tradición mexicana.

 

En estas fechas, la gente asiste al panteón a limpiar y arreglar las tumbas de sus muertos, se colocan veladoras y flores, principalmente “mano de león” y “cempazúchitl”, se les reza a los difuntos y en ocasiones se les acompaña con música y con las canciones que fueron de su agrado, interpretadas por solistas, tríos o mariachis completos. En muchas ocasiones se come algo tradicional y se bebe cerveza, tequila, mezcal o pulque a los pies de la tumba para saludar a los difuntos. Mención especial, merece la celebración que se lleva a cabo en diversos lugares de México de los cuales los más representativos son Mixquic, a las afueras de la Ciudad de México y Patzcuaro en Michoacán. Ahí los vivos pasan toda la noche sentados alrededor de las tumbas en el panteón, rezando y comiendo en compañía de sus difuntos. En ese lapso se llora, se reza, se canta, se ríe. Asistir a estos lugares es una experiencia plena de misticismo y cultura.

 

Pero, sin duda la principal manifestación visual de la celebración del día de muertos es “la Ofrenda”, la cual consiste en el montaje de un espacio a manera de altar, que se ubica generalmente en el comedor de cada casa mexicana. En este altar se colocan frutas de la temporada, como cañas de azúcar, guayabas, manzanas, plátanos, tejocotes y naranjas. Las jícamas, los chayotes hervidos y los cacahuates no pueden faltar.  Se les ofrece también a los distinguidos visitantes los platillos que fueron de su particular gusto y preferencia tales como el tradicional mole, (verde o rojo), el arroz a la mexicana, los exquisitos tamales de mole, de rajas y de dulce, así como los que van envueltos en hoja de plátano muy típicos de la Huasteca y de las zonas costeras y cálidas de México. Las gorditas y las quesadillas, los bocoles y los panuchos, las tortitas de plátano macho y una infinidad de bocadillos y guisos hacen su presencia, de acuerdo a las costumbres propias de las diferentes regiones del país.

 

Indispensable es el dulce de camote y de calabaza, de guayaba y de durazno con manzana. Las tortillas de maíz, hechas a mano son un elemento insustituible en toda la comida mexicana, éstas se calientan y se colocan en preciosos “chiquihuites” de palma en un lugar de especial importancia dentro de la ofrenda. El tradicional pan de muerto tampoco puede faltar, así como las simbólicas “calaveritas de azúcar”. Para beber nada como las aguas de frutas, el café, el atole de maíz y chocolate, el ponche y el tepache, agua pura y algún refresquito embotellado. Los difuntos que fumaban pueden hacerlo también en estas fechas, pues se les coloca en la ofrenda uno o dos paquetes de cigarrillos, pero sin duda para los difuntos adultos es un gusto regresar cada año a su casa y saborear de nueva cuenta, las bebidas espirituosas que en sus momentos de algarabía en esta vida seguramente les causaron alguna que otra borrachera y algún dolor de cabeza al otro día por la mañana. Me refiero a las cervezas de su marca favorita, el tequila, el mezcal y por supuesto el galante y prodigioso pulque.

Pero no todo es comida y gusto para los sentidos físicos, indiscutiblemente la parte más importante de esta celebración es el aspecto místico y espiritual. En la ofrenda se colocan veladoras y velas en cantidades y tamaños diversos, en algunas se forman arcos con hojas y frutas colgando. Las paredes y los techos lucen hermoso papel de china “picado” de colores vivos y de tamaños diversos, lo que le da al misticismo reinante el toque de alegría por el reencuentro. También se enriquece el contenido de las ofrendas con objetos personales de los muertos, tales como sombreros y abanicos. No pueden faltar los retratos de los fallecidos.

No podría sustentarse toda esta celebración sin considerar dentro de las tradicionales ofrendas a los elementos que ilustran de manera explícita el sincretismo vivido en México a partir de la conquista tales como crucifijos, imágenes religiosas y otros símbolos eminentemente católicos. Pero a pesar del tiempo, el aspecto prehispánico sigue y se mantiene vivo más que nunca y esto se manifiesta en el sentido original de la propia ofrenda, cuando al apreciarla vivimos literalmente el éxtasis que causa a nuestros sentidos el sabor de los alimentos, el olor del copal emergiendo de los incensarios de barro y en el insuperable color del “cempazuchitl” que durante esta fiesta toma de la mano a la muerte para pasearla por los caminos de la vida.

¡La fiesta mexicana con más vida!

 

Desde los tiempos de las culturas prehispánicas y en todos los rincones de nuestro país, el primero y dos de Noviembre los mexicanos celebramos la gran fiesta que nos abre la puerta a nuestro propio pasado manteniendo vivo el presente y nos deja ver hacia el futuro a través de cada una de las acciones que dan vida a esta tradición.

El día de muertos o de “Todos Santos” es en esencia una invitación a los familiares y conocidos que ya han muerto. Una invitación a que regresen a sus hogares para que disfruten con nosotros los vivos, de los alimentos y los gustos que ellos preferían mientras se encontraban en este plano.

 

A partir de la creación del artista José Guadalupe Posada, en México se ha enaltecido la figura de la “calaca” o “calavera”, que en realidad es la imagen del esqueleto humano hasta cierto punto caricaturizado. Posteriormente el gran Diego Rivera pintó en su célebre mural “Un domingo por la tarde en la alameda”, la imagen de la “Calaca Catrina”. A partir de estos hechos esta figura ha venido tomando consistencia y fuerza al grado de que hoy en día no puede haber celebración mexicana de día de muertos sin que los jóvenes se pinten el rostro de calavera. Se hacen desfiles multitudinarios con música y elementos visuales alrededor de ella, lo que pone de manifiesto el poderoso contenido sustancial que da origen a esta tradición mexicana.

 

En estas fechas, la gente asiste al panteón a limpiar y arreglar las tumbas de sus muertos, se colocan veladoras y flores, principalmente “mano de león” y “cempazúchitl”, se les reza a los difuntos y en ocasiones se les acompaña con música y con las canciones que fueron de su agrado, interpretadas por solistas, tríos o mariachis completos. En muchas ocasiones se come algo tradicional y se bebe cerveza, tequila, mezcal o pulque a los pies de la tumba para saludar a los difuntos. Mención especial, merece la celebración que se lleva a cabo en diversos lugares de México de los cuales los más representativos son Mixquic, a las afueras de la Ciudad de México y Patzcuaro en Michoacán. Ahí los vivos pasan toda la noche sentados alrededor de las tumbas en el panteón, rezando y comiendo en compañía de sus difuntos. En ese lapso se llora, se reza, se canta, se ríe. Asistir a estos lugares es una experiencia plena de misticismo y cultura.

 

Pero, sin duda la principal manifestación visual de la celebración del día de muertos es “la Ofrenda”, la cual consiste en el montaje de un espacio a manera de altar, que se ubica generalmente en el comedor de cada casa mexicana. En este altar se colocan frutas de la temporada, como cañas de azúcar, guayabas, manzanas, plátanos, tejocotes y naranjas. Las jícamas, los chayotes hervidos y los cacahuates no pueden faltar.  Se les ofrece también a los distinguidos visitantes los platillos que fueron de su particular gusto y preferencia tales como el tradicional mole, (verde o rojo), el arroz a la mexicana, los exquisitos tamales de mole, de rajas y de dulce, así como los que van envueltos en hoja de plátano muy típicos de la Huasteca y de las zonas costeras y cálidas de México. Las gorditas y las quesadillas, los bocoles y los panuchos, las tortitas de plátano macho y una infinidad de bocadillos y guisos hacen su presencia, de acuerdo a las costumbres propias de las diferentes regiones del país.

 

 

 

 

 

Indispensable es el dulce de camote y de calabaza, de guayaba y de durazno con manzana. Las tortillas de maíz, hechas a mano son un elemento insustituible en toda la comida mexicana, éstas se calientan y se colocan en preciosos “chiquihuites” de palma en un lugar de especial importancia dentro de la ofrenda. El tradicional pan de muerto tampoco puede faltar, así como las simbólicas “calaveritas de azúcar”. Para beber nada como las aguas de frutas, el café, el atole de maíz y chocolate, el ponche y el tepache, agua pura y algún refresquito embotellado. Los difuntos que fumaban pueden hacerlo también en estas fechas, pues se les coloca en la ofrenda uno o dos paquetes de cigarrillos, pero sin duda para los difuntos adultos es un gusto regresar cada año a su casa y saborear de nueva cuenta, las bebidas espirituosas que en sus momentos de algarabía en esta vida seguramente les causaron alguna que otra borrachera y algún dolor de cabeza al otro día por la mañana. Me refiero a las cervezas de su marca favorita, el tequila, el mezcal y por supuesto el galante y prodigioso pulque.

 

Pero no todo es comida y gusto para los sentidos físicos, indiscutiblemente la parte más importante de esta celebración es el aspecto místico y espiritual. En la ofrenda se colocan veladoras y velas en cantidades y tamaños diversos, en algunas se forman arcos con hojas y frutas colgando. Las paredes y los techos lucen hermoso papel de china “picado” de colores vivos y de tamaños diversos, lo que le da al misticismo reinante el toque de alegría por el reencuentro. También se enriquece el contenido de las ofrendas con objetos personales de los muertos, tales como sombreros y abanicos. No pueden faltar los retratos de los fallecidos.

 

No podría sustentarse toda esta celebración sin considerar dentro de las tradicionales ofrendas a los elementos que ilustran de manera explícita el sincretismo vivido en México a partir de la conquista tales como crucifijos, imágenes religiosas y otros símbolos eminentemente católicos. Pero a pesar del tiempo, el aspecto prehispánico sigue y se mantiene vivo más que nunca y esto se manifiesta en el sentido original de la propia ofrenda, cuando al apreciarla vivimos literalmente el éxtasis que causa a nuestros sentidos el sabor de los alimentos, el olor del copal emergiendo de los incensarios de barro y en el insuperable color del “cempazuchitl” que durante esta fiesta toma de la mano a la muerte para pasearla por los caminos de la vida.

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